jueves, julio 13, 2006

La materia sonora de la ausencia

En los días que corren, los medios, en su fruición canalla, nos recuerdan (como si lo hubiésemos olvidado) que ya hace 9 años que un concejal de Ermua se nos hizo una ausencia dolorosa y notable. Y sin darse cuenta, esos mismos medios, cainitas y vendidos, convierten un recuerdo en una presencia, y ya todo se tambalea, como si el devenir se volviera loco, y las balas salieran de su nuca para ponérsenos a todos en la boca del estómago.

Pero hoy es la ausencia la que me interesa, por cómo se nos hace presente. Es un hueco tangible, un miembro amputado que nos martiriza con pruritos imposibles. La ausencia se define por oposición, es cuando lo demás no es, existe cuando su objeto ha dejado de existir.

Siempre pensé la ausencia como pienso en la música, por una asociación extraña.
Sloterdijk tiene dicho que el hombre es el metafísico animal de la ausencia, porque el buen hombre se empeña en llevar el pensamiento al marco vivencial de las personas; y de ausencias todos sabemos un rato. En las esferas de las que habla, y en las que vamos teniendo las experiencias que nos hacen personas, las ausencias a lo mejor son sus intersticios. Una vez leí una frase genial, y se me ha perdido su autor, que decia te amo en mis interregnos. Pues asi.

Los humanos somos seres transidos, siempre en movimiento, siempre extranjeros en nuestro pensar, emigrantes de idea en idea. Y en ese viaje infinito suena la música de las ausencias, de las ideas que dejamos. Igual que esas
medianeras que quedan al aire cuando derriban un edificio, un mosaico de pinturas y papeles pintados que decoran lo que ya no existe. Como nos aterra el vacío, cantamos las ausencias, y dado que la presencia no la podemos dar por supuesta (es o no es, alternativamente), nos inventamos los ritos consoladores, fruto de esa autoexperiencia pánica del acto de presencia (Sloterdijk, también). La música es uno de esos ritos.

De hecho, siempre ha habido actos de ausencia validados (socialmente, se entiende). Pero en la modernidad que nos aturulla (y nos hace mejores, no queda otra, cuestión de supervivencia y superación), en la era de la falta de albergue metafísico (
Lukács), ya no hay actos de ausencia validados. Los hay NO validados. O sea, que ya no se sube un tipo a una columna y se pasa siete años mirando la vida pasar. Ya no. Ahora hay drogas y (gracias a los dioses) música. Y otros mecanismos más patológicos, como las disociaciones, que es cenar empanadillas mientras vemos en la televisión cuerpos desmembrados en la última matanza de un país lejano.

Así que cuando escuchamos podemos estar ausentes, o puede que la ausencia se pueda escuchar. A lo mejor la ausencia nos define mejor como pensantes que la presencia, tan pulverulenta ella, con tanta materia que se puede ensuciar. Quizá es la ausencia, y su música, la que nos consuela. En alemán la misma palabra Stimmung vale para humor, estado de ánimo como para voz, sintonía. ¡Fítetu qué cosas!, que decia aquél.

Y ya puestos, hasta podemos revisar el cogito cartesiano, y para pensarme, como acto previo e imprescindible, he de escucharme.

Escucho, luego existo.

1 comentario:

Henry Kinsinger dijo...

Si es que somos seres perseguidores de ausencias, cazadores a sueldo que evoca el recuerdo perdido y desean lo que ya no posee.