martes, febrero 20, 2007

Vivir el doble de la mitad

Hasta las noticias de la tele ha llegado en los últimos meses el ascenso en el número de usuarios de una suerte de mundo virtual llamado Second Life.

En si no es un intento nuevo. Ya se había ensayado la comunidad virtual en muchos aspectos, desde los mas sencillos de civila.com, geocities.com, pobladores.com, hasta verdaderos ensayos de juegos de simulación social (SIMS, etc.).

El éxito de Second Life, quizá, haya sido el de asimilarse al mundo real del todo, en especial a aquellos aspectos más chuscos del fenómeno social.

Donde las iniciativas anteriores habían tratado de filtrar aquellos aspectos sobre los que el género humano regularmente viene quejándose, Second Life resulta que es en lo que hace más hincapié. O, cuando menos, es donde mediáticamente ha tenido más relevancia.

El mundo de Second Life es un mundo paralelo. Tiene todo lo que a este lado del espejo tenemos, exactamente igual, con la única diferencia que la toma de decisiones es más ágil y los avatares (aquéllos aspectos que influyen en nuestra persona -rol- sin que podamos ejercer un control sobre ellos) son menos. Y son menos, no porque el diseño del entorno lo impida explícitamente, sino porque el entramado social, me temo, no está aún suficientemente desarrollado. Así, las interdependencias entre individuos, a día de hoy, aún son bastante rudimentarias. Digamos que aún se puede disfrutar de una existencia bastante controlada y el éxito no es demasiado difícil de conseguir. De hecho es muchísimo más sencillo que en el mundo real. Y digo a día de hoy porque esta facilidad, esta “jugabilidad”, no es intencionada, sino que se produce, como decía, por encontrarse el entorno aún en los primeros estadios de su desarrollo (desarrollo social, porque técnicamente es, sin lugar a dudas, un alarde).

Pero hay dos aspectos (de entre los millones que se podían comentar) que me tienen alucinado.

Cada día más, la popularidad, el éxito, se traslada dramáticamente a los aspectos más deplorables del éxito humano, a los valores más tangibles y, por ende, más evanescentes, que como humanos somos capaces de crear.

En este mundo virtual uno diseña su personaje (el muñequito) a gusto del consumidor. Esto es, quienquiera que se dé una vuelta por el universo virtual que nos ocupa, verá un verdadero muestrario de clones, todos bellos y proporcionados. Sólo algunos “freaks” se deciden por crear su muñequillo con alguna tara física o, simplemente, con características físcas “no canónicas” (gorditos, feos, etc.). El resto, un porcentaje asombrosamente alto, se inclina por físicos “adecuados”, “ideales”. Con un cierto límite. Los muñecajos son bellos hasta un cierto punto, a partir del cual es necesario pasar por caja. Asi, con un par. Como lo oís. ¿Os suena de algo?

Hay ciertas características físicas de los roles que no son estándar, esto es, que se compran aparte. En el ránking de cosas que se compra la gente para el personajillo, están las tetas grandes, los culos poderosos y otros adminículos biológicos de similar pelaje cuya única función no es precisamente la de poder pasar más tiempo en la biblioteca, ni la de desarrollar una vacuna contra el chancro genital, pongo por caso,

¿Y como se compran esas cosas?

Con pasta, guita, parné, viruta. De la de verdad, De la que cuesta ganar. Billetitos. Eso sí, disfrazados de un nombre muy bonito pero que, al final, es lo mismo: hay que desembolsar un poquito del sudor de nuestra frente.

La moneda del engendro se llama Linden, y la entidad que controla los valores del engendro (en especial el del los Linden) es el Lindex, o sea una bolsa de las de toda la vida, en la que los valores suben y bajan a merced de las corrientes de mercado. Y sí, la respuesta a lo que os estáis preguntando es SI. Los Linden, vigilados por Lindex, son cambiables a US Dollars (a razón de 1 USD = 250 Linden), si bien el valor ha venido permaneciendo estable desde que se creó Lindex.

Y a partir de aquí, el límite es la imaginación de cada uno. Hay dinero (estable y aceptado) y hay vanidad. Hagan juego, señores.

Vaya como adelanto, y lo demás son deberes que tenéis para casa, que un ejemplo claro de uno de los negocios que más se está desarrollando en Second Life es..., venga ayudadme un poquito. Tengo unos cuantos Linden, y quiero más. Quiero muchos más. Los que tengo me dan para unas buenas tetas y una grupa caribeña, Mmmmmh..... Venga! Y encima no me pueden pegar nada en los humedales del muñecajo (no como en el Larry de nuestra juventud, cachituquetiempos!). Pues sí, señores, sí. Cyberprostitutes. Y ya es triste vender eso, pero ¿comprarlo? ¡No lo puede haber más tonto!

Hechas las presentaciones, caben hacerse muchas consideraciones.

La primera, por rigor, tendría que ser ¿qué lleva a los usuarios a darse de alta en este mundo virtual? Reducirlo a la excusa de la huida me parece demasiado simple. Una huida es, no cabe duda, pero una huida hacia adelante. Un a modo de apetito fáustico que nos impele a vivir vidas que nunca viviremos. A jugar con poder tomar decisiones sin grandes peligros. A desnudarnos del miedo y, si no somos valientes en este mundo de humores, serlo al menos en un mundo de mentirijillas. Como si los sables nos atenazasen la voluntad y jugásemos a guerreros con espadas de palo.

Las reglas no cambian sustancialmente. Hemos creado en este espacio el único mundo que somos capaces de imaginar: el real. ¿Valdrá aquí la aseveracion leibniziana de que éste es el mejor de los mundos posibles? ¿Será el paradigma de que el mundo es reflejo de nuestras capacidades, nada más y nada menos? Parafraseando al alemán, cuando decía que si Dios, en su libertad, crea un mundo, sólo puede ser el mejor posible, en una tour de force valga decir que si los hombres, sin venir a qué, movidos sólo por su inquietud, no sé si existencial, creamos un mundo cibernético, lo crearemos con las mismas carencias y virtudes que el que estamos acostumbrados a vivr. ¿O quién, si no, ha creado este Jammertal -o valle de lágrimas- que nos envuelve?

Por eso es un mundo sin demasiadas leyes explícitas, que sigue un principio permitivista, esto es, todo vale hasta que se cree un código en contra. Lo dramático es que, antes que los códigos de conducta, surgen los convencionalismos que dan lugar a aquéllos. En positivo, o sea, dando marco “legal” a un convencionalismo determinado, o en negativo -y esto es más grave-, limitando algunas tendencias que no por execrables son menos convencionales (homofobia, sexismo, racismo, etc.).

Porque el convencionalismo es instintivo a la sociedad. No, me corrijo. Es pulsional, por utilizar un término lacaninano. La sociedad, cualquier sociedad, tiende a buscar lugares comunes para la convivencia, convenciones sociales que, de manera instintiva y algo más, les hace afianzarse en sí mismas. Y este ensimismamiento es, probablemente, lo mas convencional del fenómeno social. Tan es así, que no imaginamos a los individuos fuera de la sociedad, sea ésto lo que quiera que entendamos, pero que casi nunca es distinto de La Sociedad en la que estamos inmersos. Por eso cuando visitamos países distintos, siempre venimos diciendo que es otro mundo. Pues no. Es el mismo. El que es otro eres tú. Como en la película Choose Me (algún día recuperaremos esa joyita), cuando el del bar le dice al prota ¿Usted es nuevo en el barrio?, y el otro le contesta No, yo soy el de siempre. El que es nuevo es el barrio.

En Second Life vivimos también la falacia de nuestros tiempos. Vivimos un mundo supuestamente pleno de libertades, en el que reina la ilusión de que podemos ser quien queramos, con todas las oportunidades al alcance de nuestra mano. Luego nos encontramos que no. Que tampoco aquí lo podemos conseguir. Nunca somos suficientemente ricos, ni guapos ni populares. Siempre falta algo que, lejos de servirnos de motivación (Dios te libre de conseguir tus sueños), las más de las veces sirven como fuente de frustraciones.

Bien es cierto que el poder no está representado por nadie en concreto, que no hay un gobierno reconocido, y que el modo de producción en términos materialistas parece novedoso. ¡Cagao puchao! Es lo de siempre. El poder es fáctico y se basa en relaciones, las más de las veces comerciales. Las grandes firmas (Apple, Coca-Cola, etc.) ya tienen sus espacios es Second Life, incluídas tiendas.

Si de política hablamos, Second Life puede suponer un caso de democracia llevada al extremo, y da verdadero pavor a lo que una democracia puede llegar. Y si de modos de producción hablamos, ya nos ponemos a llorar. Con todo a favor para crear un modelo de justicia social, un modelo que, dicho sea de paso, en este lado del espejo ha costado tantas vidas y tanta sangre, pues no. Replicamos aquéllo de lo que huimos, encantados como estamos de hozar en nuestra propia mierda. Vale que las consecuencias no son tan devastadoras pero, qué caray, pudiéndolo hacer como siempre, ¿para qué lo vamos a hacer bien?

Pues esto nos lleva a un término interesante. ¿Conviene regular los sistemas de relación (ahora ya no hablo de Second Life, sino de cualquier foro de relaciones interpersonales, llámese chat, foro, mud, punto de encuentro, etc.) o permitir que la propia evolución de las relaciones encuentre, dialécticamente, su modo de funcionamiento? Me parece más interesante la segunda opción, qué duda cabe, pero interesante no significa esperanzadora, la verdad, viendo el cariz que van tomando las cosas.

Si algo bueno le podemos encontrar a la proliferación de sitios como éste, es el impulso desde el que se lanzan. Seguir investigando en el modo en el que los humanos nos relacionamos, en el que producimos.

Un hito más en ese materialismo dialéctico que fundó Hegel (y Zizek, que es su profeta) para intentar recuperar un modo de pensar que necesitamos.

Una manera de pensar que nos permita vivir mejor, el doble si se puede, pero sin pasar necesariamente por la renuncia de vivir la mitad que nos quieren quitar.

lunes, julio 17, 2006

Abanibi obohebev III

Abanibi obohebev trata de ser una serie de posts -que se irán mezclando con aquellos otros de actualidad que me llamen la atención como hasta ahora- y cuyo leit motiv es el de poner bajo una lente esas verdades que siempre hemos considerado incuestionables. Como, por ejemplo, que abanibi obohebev quiere decir te quiero, amor en hebreo (que resulta que sí significa eso, pero ha sido bueno comprobarlo, ¡hombre, ya!).

Mira que lo he oido veces, y no deja de salirme sarpullido cada vez que lo vuelvo a escuchar. Frasecita antológica: A mi nadie me ha regalado nada.

Y cada vez pienso lo mismo: asi serás tú.

Hay, en el modo de vida que llevamos, un a modo de orgullo imbécil en que la autoestima depende en gran medida de la autosuficiencia.Tanto mejor eres cuanto más independiente te muestras, cuanto menos dependes de los demás, cuanta menos falta te hacen los que te rodean. Es un giro más de tuerca del consabido “tanto tienes, tanto vales”.

En estos giros del lenguaje que se incrustan como tumorcillos en el pensar, es buena costumbre hacerle la prueba del nueve, o ponerlos en negativa, o darles la vuelta, o jugar con los pasivos.

Vamos, que si te han “regalado” algo, si has recibido ayuda, eso es una mácula en tu valía personal. Si tienes amigos que te tienden una mano (y la aceptas), si tu familia se esfuerza por darte lo que quizá para ellos no hubo, si tu hermano te cuida, pues no vales gran cosa, mira tú.

A mi siempre me han parecido de admirar las gentes a quienes todos ayudan, aquéllos que se crean un círculo cordial a su alrededor, en el que todos se prestan apoyo, y se regalan favores, bienes, soporte… no sé. Y me gusta decir con orgullo que a mi me han regalado muchas cosas. Mi gente, mi familia, mis amigos. Serán pocos, pero muy buenos, y me regalan cada día multitud de cosas valiosas. Y mi orgullo y mi valía se demuestran así, con lo que recibo de quien me quiere, y con lo que soy capaz de darles (si es que lo soy). Si lo negara, no sería mejor; sería un miserable.

Lo que me lleva a la segunda reflexión. En un mundo como el nuestro, no se sobrevive en soledad. Afrontémoslo. La sociedad se agrupa con un motivo, y se protege a si misma haciéndose imprescindible (como cualquier organismo vivo). Nadie va a ningún sitio solo. Por lo que, además de insufriblemente ególatra, la dichosa frasecita es siempre una asquerosa mentira. Y una mentira que mancha. No es solamente que falte a la verdad, sino que desprecia las ayudas que recibimos, que ningunea el cariño de quienes nos ayudaron, y que menoscaba el agradecimiento debido a tantas deudas que adquirimos.

Asi que, repetid conmigo cada vez que lo oigáis: Si a ti nadie te ha regalado nada …, pues por algo será. ¡Joyita, que eres una joyita!”.

viernes, julio 14, 2006

Hay abismos…

Ayer tarde, recibí en mi buzon de correo profesional, ese que la empresa pone a mi disposición para asuntos del trabajo, y que poco a poco se va llenando de verdaderas joyas que nada tienen que ver con el laburo, recibí –decía- un inquietante mensaje de una de nuestras responsables de infraestructuras.

Lo transcribo literalmente, cambiando los nombres de las empresas por equis e íes griegas, así como el de la propia aludida (ZZZ en adelante), mera narradora de hechos insólitos:

A las féminas de XXXX:

Han venido esta mañana de la empresa YYY a cambiar los contenedores de compresas y demás, y han visto que en éstos había latas de cocacola, envases de donuts etc..
Os ruego que este tipo de cosas se tiren en otro lugar, y que a lo mejor pongamos unas papeleras aparte.

Un saludo,
ZZZ

Sabrán los dioses si esto es normal en lo consuetudinario de los retretes públicos (o compartidos) femeninos, pero como es un espacio ignoto para un tímido representante del otro bando, me quedé a cuadros.

Primera reflexión: empezaré entonando el mea culpa, reconociendo que mi ignorancia es supina y ni siquiera sabía de la existencia de esos adminículos contenedores en nuestros aseos (o sea, en sus aseos). A poco que se piense en ello, debería de haberlo intuido, pero que no me dio nunca por ahí, ya veis. El caso es que verlo asi escrito, en negro sobre blanco, e imaginar el aparatejo ahí, al otro lado de la pared que tantas veces me ha observado indiscreta en momentos de nobleza incierta, no dejó de sobresaltarme.

Segunda reflexión: Hay un oficio en este mundo, una de cuyas atribuciones es recoger los desechos íntimos de las féminas de un colectivo determinado. O sea, vamos que…cada día me gusta más mi profesión.

Tercera reflexión: ¿La peña? ¿Come y bebe en los aseos de una empresa? Ante lo que se me plantea un dilema. ¿Se recluyen para comer? ¿O aprovechan el momento en que atienden otros menesteres? En el primer caso, creo que hay mejores sitios para poder comer y beber. Es como si la próxima reunión que tengan en el trabajo decidieran hacerla en la enfermeria de la Plaza de las Ventas. No tiene sentido. Y en el segundo caso…, no sé. Se puede producir un continuum digestivo, un a modo de cinta sin fin y sin acaso. Pueden coincidir en espacio/tiempo todos los procesos digestivos, del primero al último. Terrible.

Cuarta reflexión: las prioridades. No somos los humanos muy dados a la mutlitarea, y menos en asuntos escatológicos. ¿Qué es primero? ¿El huevo? ¿O la gallina? Respondamos como ya han demostrado los genetistas: lo primero fue el huevo, pero NO era de gallina.

Hay abismos a los que es mejor no asomarse.

jueves, julio 13, 2006

La materia sonora de la ausencia

En los días que corren, los medios, en su fruición canalla, nos recuerdan (como si lo hubiésemos olvidado) que ya hace 9 años que un concejal de Ermua se nos hizo una ausencia dolorosa y notable. Y sin darse cuenta, esos mismos medios, cainitas y vendidos, convierten un recuerdo en una presencia, y ya todo se tambalea, como si el devenir se volviera loco, y las balas salieran de su nuca para ponérsenos a todos en la boca del estómago.

Pero hoy es la ausencia la que me interesa, por cómo se nos hace presente. Es un hueco tangible, un miembro amputado que nos martiriza con pruritos imposibles. La ausencia se define por oposición, es cuando lo demás no es, existe cuando su objeto ha dejado de existir.

Siempre pensé la ausencia como pienso en la música, por una asociación extraña.
Sloterdijk tiene dicho que el hombre es el metafísico animal de la ausencia, porque el buen hombre se empeña en llevar el pensamiento al marco vivencial de las personas; y de ausencias todos sabemos un rato. En las esferas de las que habla, y en las que vamos teniendo las experiencias que nos hacen personas, las ausencias a lo mejor son sus intersticios. Una vez leí una frase genial, y se me ha perdido su autor, que decia te amo en mis interregnos. Pues asi.

Los humanos somos seres transidos, siempre en movimiento, siempre extranjeros en nuestro pensar, emigrantes de idea en idea. Y en ese viaje infinito suena la música de las ausencias, de las ideas que dejamos. Igual que esas
medianeras que quedan al aire cuando derriban un edificio, un mosaico de pinturas y papeles pintados que decoran lo que ya no existe. Como nos aterra el vacío, cantamos las ausencias, y dado que la presencia no la podemos dar por supuesta (es o no es, alternativamente), nos inventamos los ritos consoladores, fruto de esa autoexperiencia pánica del acto de presencia (Sloterdijk, también). La música es uno de esos ritos.

De hecho, siempre ha habido actos de ausencia validados (socialmente, se entiende). Pero en la modernidad que nos aturulla (y nos hace mejores, no queda otra, cuestión de supervivencia y superación), en la era de la falta de albergue metafísico (
Lukács), ya no hay actos de ausencia validados. Los hay NO validados. O sea, que ya no se sube un tipo a una columna y se pasa siete años mirando la vida pasar. Ya no. Ahora hay drogas y (gracias a los dioses) música. Y otros mecanismos más patológicos, como las disociaciones, que es cenar empanadillas mientras vemos en la televisión cuerpos desmembrados en la última matanza de un país lejano.

Así que cuando escuchamos podemos estar ausentes, o puede que la ausencia se pueda escuchar. A lo mejor la ausencia nos define mejor como pensantes que la presencia, tan pulverulenta ella, con tanta materia que se puede ensuciar. Quizá es la ausencia, y su música, la que nos consuela. En alemán la misma palabra Stimmung vale para humor, estado de ánimo como para voz, sintonía. ¡Fítetu qué cosas!, que decia aquél.

Y ya puestos, hasta podemos revisar el cogito cartesiano, y para pensarme, como acto previo e imprescindible, he de escucharme.

Escucho, luego existo.

miércoles, julio 05, 2006

No quiero razonar

Estimados todos: vuelvo a la carga, despues de tiempos inciertos, en otros que no los son menos.

Y no lo son porque esos animalejos que conducen nuestros destinos se empeñan en que no lo sean. Nunca se ha hecho aquí crónica política, que me libre de ello el dios de los cristianos o el de alguna otra secta de similar pelaje, pero es de notar (y de eso si que se trataba aqui a menudo) lo recio de sus mensajes, lo pacato de su ideario y lo lerdo de sus vocablos.

A cuenta de estas tan traidas y tan llevadas conversaciones con los terroristas que ocupan ya desde hace meses las páginas de todos los diarios, le viene a uno a las mientes, despojada del debate en si, del negocio político que la mueve y conmueve, la sarta de bajezas morales que, adornadas por un lenguaje monocorde y no por ello menos rimbombante, esgrimen unos y otros.

Seria materia de una verdadera tesis las lindezas que unos a otros se dedican, pero me voy a quedar con un detalle, con un aspecto que se escucha a ambas orillas del
Vístula en que nuestro Parlamento se ha convertido, enfangados unos en el fragor de la batalla, y a la espera los otros del desfallecimiento de los contendientes para entrar triunfantes sobre los adoquines cadáveres.

Y este detalle no es otro que la constante llamada al amparo de la Razón (alabada sea, aunque la versal le queda mayúscula a los dialogantes). Nada queda fuera de la Razón, y de ese convencimiento parto para explicar mi náusea. Razonemos dicen los unos; seamos razonables dicen los otros. Constantemente. Sin tregua se invita al electorado (asumámoslo, se acabó la opinión pública, se acabó la ciudadanía; no somos sino electorado a veces -las menos- , o mercado –las más-) a razonar.

Pues no quiero. Caca, culo, pedo y pis (y esto solo es el principio, como diria el simpar Antonio Fraguas). Si la Razón hace años que se hizo mi única religión, razonar me repugna hasta lo insólito, porque me invita a usar la Razón como los otros lo hacen. Razonar se ha convertido en la trivialización de la Razón, haciéndola ya razón minúscula, constreñida, apocada en los pliegues mugrientos de la convención. Razonar como me dictan es un sinsentido (uno más), tan absurdo como asumido, tan desapercibido como peligroso, tan mentira como inteligencia militar, o como hipoteca remunerada.

Quiero una razón autónoma, y quiero tantas razones como individuos. Quiero que razonar solo sea social como consecuencia, y que no sea la Sociedad quien sancione mi Razón. Pues ya se dijo
allende las lindes del norte, que la Razón es un templo, y someter el templo al poder terrenal es, objetivamente, un sacrilegio.

Que razonen ellos, y nos arrullen con sus balidos.

miércoles, octubre 19, 2005

La palabra "calle" ¿significa "libertad"?

Valga la paráfrasis de una de las letras de Miguel Rios, en que decía que la palabra calle significa libertad para comentar una noticia de las que a uno le encogen el alma.

Miguel, músico progresista en aquel entonces, que imprecaba a los servidores de la ley cuando ejercían su labor represora contra sustancias lúdico-festivas (otra letra del individuo: ¡sal corriendo, esconde el "tate", que la "pasma" está en la calle!) y que ahora no se corta ni un pelo en lanzar a los mismos funcionarios contra quien ose compartir alguna de sus tonadillas en las redes de pares o en la manta, en aquellos momentos fue íntimamente conmovido por su experiencia de hacer un concierto en el patio de un centro penitenciario y departir unas horas con varios cientos de reclusos.

En aquella ocasión le llamó poderosamente la atención que calle cobraba un sentido completamente distinto dentro de los muros de la prisión, diferente de lo que hasta entonces pensaba que era su única acepción.

Hoy he leído en Ideal.es (gracias Emilia) la noticia de que para un hombre, que se me antoja bueno quién sabrá por qué, la palabra cárcel significa hogar.

No tiene nada ni a nadie fuera de la cárcel. Ni oficio, ni beneficio. Con la claridad de la gente sencilla, Eduardo nos cuenta cómo su castigo se ha convertido en su única salvación. Y cuando el castigo que una sociedad impone al delincuente termina siendo para él más bálsamo que represión, más caricia que palo, está claro que es la piel la que ha mutado. Queda saber si ha sido la misma piel de Eduardo, o la de la porra con la que le intentaron reformar.

Cuando una persona se autoinculpa de diversos delitos con el único fin de permanecer guarecido bajo el techo de la trena, deja al mismo tiempo al descubierto por lo menos dos reflexiones. La una nos recuerda que la labor de la prisión, en un estado de derecho, es regeneradora y reinsertora. Eduardo nos enseña, desde los surcos que el miedo al mundo ha labrado en su cara, que eso suele fracasar. Si alguna duda hubiera, además lo dice explíctamente: se sale de una cárcel peor que cuando se entra. Blanco y en botella...

La otra reflexión es, si cabe, menos amable. Y habla de lo violento e inhumano del entorno. De lo invivible que se torna un ambiente cuando se piensa de diferente manera, cuando se crece en otro mundo, cuando, en definitiva, se es distinto. Aunque lo más grave es que todo esto no corresponde a la cárcel. Lo violento, inhumano, invivible es la calle para Eduardo. Ese mundo normal que los demás disfrutamos y que a él se le niega, ya no por justicia, sino por naturaleza, que es más grave.

A Eduardo no hay que reformarle, porque su único delito fue el de robar un frasco de colonia hace nada menos que 32 años (tirando por bajo). Y ya no sabe uno siquiera si habría que reinsertarle. A él le ha sacado el sistema de la calle para transformarle no se sabe muy bien en qué. Le ha sacado de su libertad para ya nunca poder devolvérsela.

Para él ya no queda calle, ni libertad, ni sitio en el mundo que no tenga rejas. A él se le ha insertado en su código genético el triste cántico del ¡que vivan las caenas!.

martes, mayo 17, 2005

Comunicación e Identidad

Está ocurriendo estos días un hecho insólito, romántico y encantador, que se tiñe de tragedia por las convenciones, pero que por otro lado puede reconfortarnos aún con el ser humano.

En el Reino Unido, en el famoso
Condado de Kent, ha aparecido un joven misterioso, desnudado del don de la palabra, cuyo primer instinto frente a sus rescatadores fue el de dibujarles en un trozo de papel una bandera sueca y un piano. Nada más dijo. No articuló vocablo. Pero cuando un asistente social le condujo, movido por una sagrada intuición, al piano de la capilla del Medway Maritime Hospital, donde le acogieron, el extraño muchacho estuvo horas interpretando música, propia y ajena.

Ahora las
autoridades han empezado una campaña para asignarle un nombre conocido-para-alguien, para recuperar su identidad. Como si la identidad fuese cosa tangible que se pudiera recuperar. Como si pudiera perderse del mismo modo que podemos perder las llaves del coche, o un paraguas tras la tormenta.

Margaret Mead dice que "nuestro pensamiento nos ata al pasado" y de esa manera puede que conforme nuestra identidad. Y que esa misma identidad nos sirve de fondeadero seguro sobre el que esperar el futuro. En el caso del Hombre del Piano, como se le ha dado en llamar, parece que su desterritorialización le causa más problemas a sus salvadores que a él mismo. No es difícil imaginarle arrobado por el sentimiento ante el teclado, feliz quizá de comunicarse de esa manera, mientras los sufrientes son -somos- los demás. El desubicarnos nos desarraiga culturalmente, o eso pensamos quienes no nos hemos desubicado, y quienes, habiéndolo hecho, prestan oídos a los teóricos. El pensamiento y su hija predilecta, la cultura, nos atan al pasado, como decíamos.

Pero ahora, de la mano de este muchacho, sin más amparo que su talento (¿cuántos podrán decir esto?) descubrimos la metáfora: la música como interfaz, entre el humano y el mundo, entre el ciudadano y la realidad. Afirmando su yo en recursos no verbales, infinitos, define su identidad de la única manera posible, como camino de diferencia. Y nos muestra lo que pensábamos que era la identidad como una dimensión subjetiva de los sujetos sociales, una convención más que nos hace discretos a unos de otros, pero nada más. Contingente. Lo que creíamos (y aún creemos mayoritariamente) que es la identidad, conforma un instrumento más del poder, que siempre trata de identificarnos para ejercer su control.

Por eso intentan ahora identificarlo, como si él no lo hubiera hecho ya arrancando del instrumento lo que le define por atribución. El pasado, la memoria, hacen parecer a la identidad como algo anclado e inmutable. Pero el Hombre del Piano nos cuenta otra historia distinta, en la que los atributos del hombre, tan accesorios ellos, le identifican y definen. Y el devenir no es más que el río donde los atributos navegan, moldeándolos en su fluir y curtiéndolos al aire de su corriente.

Es curioso que la música nos haga otra vez un guiño, y el piano tenga un primo muy cercano llamando
clave.

jueves, mayo 12, 2005

Abanibi obohebev (II)

Abanibi obohebev trata de ser una serie de posts -que se irán mezclando con aquellos otros de actualidad que me llamen la atención como hasta ahora- y cuyo leit motiv es el de poner bajo una lente esas verdades que siempre hemos considerado incuestionables. Como, por ejemplo, que abanibi obohebev quiere decir te quiero, amor en hebreo (que resulta que sí significa eso, pero ha sido bueno comprobarlo, ¡hombre, ya!).


El otro día, en el metro, escuché a dos madres jóvenes (al menos una lo era, porque hablaba de su hijo pequeño y de cierto problema que había tenido en el patio del colegio con una compañerita suya) la siguiente perla, por demás conocida: Los niños son muy crueles. Familiar, ¿no?

Siempre he sido un convencido de que hay dos cosas en el mundo que pueden hacer que nos reconciliemos con la vida: los niños y los animales. Y estos dos conceptos se encierran en uno: lo natural, definido por oposición a lo social, que es un vicio derivado de lo primero. Necesario, inevitable, pero vicio al fin y al cabo.

Los niños encarnan todo lo bueno que alguna vez el ser humano pueda detentar. Inocencia, sinceridad, ganas de aprender, capacidad de sorpresa; en definitiva, potencia pura. Son humanos en potencia, son seres excepcionales por el mero hecho de encontrarse aún por estrenar.

Pero no. Resulta que son crueles o pueden, coyunturalmente, llegar a serlo, según la aseveración universalmente aceptada.

El muchachete en cuestión, por lo que pude percibir (el metro a determinadas horas bulliciosas no es un buen sitio para tratar de aislarse de las conversaciones ajenas, por muy bien educado que uno esté), le había dicho a una amiguita del cole, que “vaya orejones que tienes” (sic). Muy cruel, el niño. El caso es que la madre le explicaba a su interlocutora que “es que la niña tiene unas orejas…”.

Me preguntaba yo más tarde que si la niña fuera de Córdoba y el cruel, malvado y despiadado compañero la hubiera dicho “¡mira que ser de Córdoba!” se hubiera creado la misma situación de ofensa y escarnio. Se ajustaría del mismo modo a una realidad objetiva (que fuera natural de Córdoba o que tuviera las orejas grandes, qué más da).

Así que sólo me cabía una respuesta a lo absurdo de la cuestión. “Quizá” la crueldad no está en el niño, que describía un atributo de la niña, sino en que, por algún motivo, el tener las orejas grandes (o cualquier otra característica no estándar) no debe de estar bien visto. La sociedad, esa conveción suprema a la que todos nos debemos de ceñir, castiga con su mofa a quien tiene unas orejas más grandes de lo habitual, por poner un ejemplo. Pero no, el cruel es el niño que lo dice, y no los demás que lo callan y que con su silencio aceptan estas injusticas, quien mira para otro lado cuando la pequeña lloraba porque le habían dicho que tenía las orejas grandes.

Cuántas veces callamos ante hechos y dichos injustos, sin imaginarnos que un día verterán sobre nosotros los venablos de su insidia, y seremos entonces nosotros quienes estemos solos.

Una frase de Martin Niemöller (se le atribuye habitualmente a Bertolt Brecht, pero es falso), después de su cautiverio durante la II Guerra Mundial, viene al pelo:

Primero vinieron por los comunistas, pero como yo no era comunista no alcé la voz.
Luego vinieron por los socialistas y los sindicalistas, pero como yo no era ninguna de las dos cosas, tampoco alcé la voz.
Después vinieron por los judíos, y como yo no soy judío, tampoco alcé la voz.
Y cuando vinieron por mí, ya no quedaba nadie que alzara la voz para defenderme.

jueves, mayo 05, 2005

Abanibi obohebev (I)

Abanibi obohebev trata de ser una serie de posts -que se irán mezclando con aquellos otros de actualidad que me llamen la atención como hasta ahora- y cuyo leit motiv es el de poner bajo una lente esas verdades que siempre hemos considerado incuestionables. Como, por ejemplo, que abanibi obohebev quiere decir te quiero, amor en hebreo (que resulta que sí significa eso, pero ha sido bueno comprobarlo, ¡hombre, ya!).

Si hay una frase que se ha hecho tristemente famosa y que pretende vestir de falsa modestia la conversa de cada vez más gente, es la de "yo no soy quién para juzgar a nadie". La frasecita dichosa menudea en mentideros y parlamentos varios, decorando con su redondez rítmica y llenando el silencio por el mero gusto que el hablante tiene de escucharse a si mismo. Como suele ocurrir en los modismos que se inyectan en nuestro lenguaje desnudos de toda reflexión, este desafortunado giro no aguanta, el pobre, ni la mitad de un análisis. Lo que sucede es que, fuera de su semántica, se advierte una mano oscura, una intención mediática quizá, que pretende adaptar nuestro pensar a estereotipos encorsetados.

Tenía Schiller una máxima demoledora: "...la lengua culta que crea y piensa por ti". Hoy tal aseveración se nos presenta (al menos a algunos de nosotros) como terrible.

Estas perlas (de las que espero poder dar cuenta poco a poco y con paciencia) que caen en el lenguaje de los comunes, suelen venir ataviadas con ricas vestimentas que les hacen parecer nobles, cultas. Adviértase en la expresión que nos ocupa, yo no soy quién para juzgar a nadie, una construcción cuidada, con su relativo muy bien puesto, con una musicalidad muy agradable y que además parece referirse a una muy noble intención: no juzgar a nadie. ¿Eh? Un momento. ¿Eso es noble? Vamos un paso más allá: ¿por qué no juzgar a nadie? ¡Ah, sí!. Es el otro aserto de la frasecita: porque no soy nadie. ¡Claro!

Y aquí llegamos al meollo de la cuestión. Resulta que no somos nadie para juzgar a nadie. No tenemos criterio. Las personas son incapaces de juzgar los actos de las demás personas, simplemente porque son también personas. Ridiculo, ¿no? O quizá no tanto. Porque seguro que la asunción de esa incapacidad, el que nos creamos, aunque sea inconscientemente, poco ciertos de realizar juicio alguno, debe de beneficiar a alguien. Supongo, o juzgo, que habrá de ser mucho más fácil gobernar o dirigir a una masa sin criterio, sin capacidad de juicio, que a un pueblo pleno de derechos, incluso del derecho a juzgar. Sí, sí, a juzgar, a confiar en su espíritu crítico. Y eso da miedo.

Asi que mejor instilamos estas ideas en la plebe y en su ya de por si denostado caletre, escudándonos en el gregarismo que hace de la masa algo de lo que desconfiar.

De aqui a pedir el "soma" de Huxley tampoco media tanto, ¿no?

martes, abril 26, 2005

De conscientia stupefacta

Era demasiado obvio hacer algún comentario sobre la nueva ley (es una reforma de ley en puridad) que regula los matrimonios homosexuales, pero no me deja la condición viendo el cariz que están tomando los hechos.

Cuanto más tiempo pasa desde la aprobación en el Congreso de los Diputados, más rocambolescas se vuelven las declaraciones y las reacciones. La oposición tacha la ley de "radical". Una ley que salvaguarda derechos sin conculcar ningún otro, que permite a determinadas personas ejercer un derecho fundamental frente a la ley, cual es el del matrimonio, resulta que es radical. Debe de ser moderado, entiendo, el seguir discriminando a las personas por su opción sexual, impidiéndoles acceder a derechos que solamente se le reconocen a los matrimonios.

A poco que se lea entre líneas, esto no es más que un problema semántico. Perdón, morfológico. Porque semánticamente tampoco le veo incoherencia, toda vez que matrimonio designa una unión entre personas aun cuando el DRAE mantiene todavía en la definición el específico "entre un hombre y una mujer". La Real Academia Española ya ha manifestado su intención de incluir, sin modificar la original, una nueva acepción o acaso un modismo (matrimonio de homosexuales o entre homosexuales, aún está por ver) para dar cabida a la nueva realidad jurídica (social ya lo era). Así que el problema, según algunos, sería morfológico. Etimológicamente matrimonium se construye sobre mater. Y eso les vale a aquéllos para ver lo poco idóneo del término para las parejas del mismo sexo. "Es otra cosa" dicen. Manzanas y peras, como aquella insigne consorte, hoy concejala. Por tanto, aquellos matrimonios que no conciben, por natura o por decisión propia, son menos matrimonios, ¿no? Dado que no hay mater por ningún sitio... ¿Estos que serían? ¿Plátanos y ciruelas?

Mantener posturas tan moderadas bajo unos presupuestos sobre los que nadie de los que habla se ha molestado en reflexionar, se le antoja a uno poco menos que absurdo. Embestir de esta manera, con una cuerna tan endeble, suele hacerle más daño al cabestro que al embestido.

Y para terminar la faena, el insigne alcalde de la muy noble y leal ciudad de Valladolid se niega a oficiar, como su cargo le obliga y el servicio a sus conciudadanos, ninguna boda (o como quiera que a él se le ocurra denominar a dicho trámite) entre homosexuales, por motivos de conciencia. Suya y, por lo visto, de la de los demás, porque tampoco delegará en ninguno de sus concejales para ello. Con un par. Objeción de conciencia propia y ajena.

A ver si con suerte a los vallisoletanos ahora les va a dar por objetar que su conciencia les impide pagar impuestos municipales o multas de tráfico. No quiero dar ideas.

A algunos ya no les queda ni el recurso de apelar a su idiocia, si acaso no se lo pudiera impedir el nemo auditur propriam turpitudinem allegans. Aunque con gusto les apearía del turpitudinem y les regalaría un stultitiam, de buen rollo.

lunes, abril 18, 2005

Como en sordina

Si siempre hemos dudado de la realidad como si fuera una ficción muy bien tramada, ahora las cosas se están saliendo de madre. Y a lo mejor para bien.

Sony ha patentado una nueva tecnología con la que poder crear mundos virtuales dentro del cerebro. Independientemente de lo que esta tecnología pudiera lograr (darle vista a los ciegos y oido a los sordos, por ejemplo), lo primero que a algunos nos suscitaría sería la duda de qué es virtual y qué tangible, qué real y qué irreal. Se nos desmoronaría buena parte de la lógica que conocemos y Descartes pasaría, a lo mejor, a ser un humorista del siglo XVII. Quién sabe.

Hay toda una corriente de pensamiento que considera al ser humano como una maravillosa máquina de generar sueños, y que nada existe a su alrededor de cuanto imagina. Que creamos modelos virtuales del mundo real, dondequiera que éste se encuentre. Muy platónico todo ello, pero que abre la puerta a la idea de que si todo es creado por el cerebro, puede por tanto ser recreado. Esta vez tecnológicamente.

¿Y adónde la recursividad? Si creamos ilusiones, ¿no podrá ser ello mismo una ilusión más? ¿Dónde paramos?

Y a uno se le rebela el alma de bohemio que una vez cultivó, y se resiste a creer que sólo el cerebro lo pueda hacer. Que solo unas sinapsis son las que me hicieron amar, y derramar lágrimas. Que aquéllos besos se puedan ver como un disparo en una película muda, con una pequeña nube blanca como su sola expresión. Una realidad cordial pero en sordina.

De pequeño creí que “ilusión” era “entusiasmo”, y ahora va ser otra cosa, mira tú.

viernes, abril 15, 2005

La Edad de las Palabras

En el último Congreso de Expolingua, el celebérrimo Arsuaga, el de Atapuerca, el Fernando Alonso de la Arquelogía patria, decía que el ser humano lleva medio millón de años de lenguaje, reduciendo un poco atrevidamente el hecho de que hace mas ó menos 500.000 años que fisiológicamente la laringe del homínido pudo articular sonidos complejos. Cosa bien distinta es adivinar cuándo efectivamente pudo desarrollar un sistema comunicativo básico, porque no hay manera de saber cuándo ese homínido fue capaz de crear símbolos, cosa previa según los estudiosos para poder hablar.

Asi que no fue para tanto el descubrimiento de Arsuaga; nada más lo maquilló un poco para poder llenar un auditorio, supongo. Que hace tantísimo tiempo un antepasado nuestro se levantase sobre sus extremidades traseras (en adelante, inferiores) y la laringe se le cayera unos centímetros, dista mucho de que el pobre empezase a declamar versos y prosas por las tierras burgalesas. Cabría preguntarse primeramente qué le hizo levantarse, y para qué lo necesitaba. Quizá el primer manos libres de la historia fue un madero, o una quijada de animal (¡qué manía con la quijada!, ¡cuánto daño le hizo Caín a la iconografía de la violencia!), para abrirle la cabeza a un semejante.

El lenguaje vino después. Con la concepción de símbolos según los antropólogos. No hay lenguaje sin capacidad simbólica, dicen. Y uno se pregunta dónde quedaron esos símbolos. En qué lugar del mar de modismos, de frase hechas, de expresiones prestadas. Qué labor creativa le queda al lenguaje fuera de la literatura. Y fuera de la mentira, que es la cara amarga y pobre de la literatura.

Una mentira repetida 1000 veces se convierte en verdad, decía ese amigo de los niños (en especial de los suyos) que era Goebbels. Y en eso hemos quedado. En mentiras y sus versiones. Desde lo “bien” que iba España antes, hasta lo “mejor” que va ahora. Desde que los “atentados islamistas son consecuencia del tremendo éxito de la Conferencia de Donantes” hasta que “la dignidad de un piso no se mide en metros cuadrados”. Y así podemos ilustrar cientos.

500.000 años hablando, dice Arsuaga. A lo mejor llevamos 500.000 años desperdiciando la oportunidad de quedarnos calladitos, que estábamos “más monos”.

jueves, abril 07, 2005

La muerte de un gran hombre

La plaza está abarrotada de gente. Millones de personas aguantan estoicamente horas y horas en lenta procesión hacia el imponente edificio donde descansan los restos del gran hombre. El líder que convocó los ánimos de tantos millones, que unió a los pueblos y luchó a brazo partido por unos ideales que todos creían idealistas.

Las loas no cesan en todos los medios de comunicación y se ha sabido que su deseo era descansar en el mismo mausoleo que su admirado antecesor, el ideólogo que le hizo ser el hombre que la historia recordará.

Tras casi 30 años de liderazgo todos nos hacemos ecos de los logros de su mandato, iluminando el camino. Siguen llegando millones de personas para los que los tres días de velatorio se les hacen escasos. Menudean los desvanecimientos entre sus seguidores, y las autoridades han de prestar su ayuda a los más débiles que tampoco han querido ahorrar su esfuerzo para mostrar su fervor.

Son toneladas de papel las que se imprimen para alabar los logros de este gran hombre que la historia habrá de juzgar.

Moscú, 6 de Marzo de 1953
Exequias de Josef Stalin

lunes, marzo 28, 2005

Ya están pisando nuestros pies...

Pues al hilo del anterior post, caudillos aparte, el siempre imparcial diario El Mundo ha decidido, ignoro si unilateralmente, sustituir la firma de contraportada del amigo Umbral, por un chavalote de pluma incierta (estilográfica, se entiende): David Gistau.

Este muchacho, proveniente de otro diario de intachable solvencia ideológica (La Razón), se entretuvo en su adolescencia periodística como corresponsal de guerra, pero del sector crítico. Crítico del gremio, no de la guerra, ya veréis luego. Alardea el mozalbete de haberse ejercitado en el conocimiento de "la tribu" como el lo llama (sin darle gracias a Reverte ni nada, pa' que?), el gremio periodístico, vamos, y más concretamente de su especialidad del cronista de guerra.

Armado con la lanza de la ironía (que ciertamente domina) se dedicaba a hacer chanzas en el frente con el propio oficio de informador. Ignoro cuál era la idea que sus compañeros de batallas tenían de él, pero adivino que no debía de ser muy feliz (la idea, porque él se partía el pecho en Afganistán y no precisamente de dar barrigazos en las trincheras).

Pues de este fulano se han leído cosas como que Ánsar (sic) nos habia metido el terrorismo islámico en casa (nunca habría imaginado que meses más tarde iba a dar en todo el blanco), para apenas un año después criticar agriamente la retirada de las tropas de Irak. Sin olvidar la mesura con que "justificó" el asesinato de Couso como avatares de un reportero de guerra que no han de buscar culpable ninguno. Esto les tuvo que hacer mucha gracia a sus antiguos compañeros de oficio.

Se le ha definido como icono de la derecha española, por su renovado carácter conservador, que es, al parecer, ponerle al yugo y las flechas un monitor TFT de 17 pulgadas y un teclado inalámbrico.

Dice que ha aceptado la propuesta de pedrojota por ilusionante y porque "se ve" en El Mundo. Lo que no dice es que hace meses el de los tirantes ya le tiró los tejos y no se lo llevó a la calle Pradillo. Ahora, con mucha más pasta por delante, sí le ha ilusionado la cosa. Nada que objetar. Todos trabajamos por dinero. Otra cosa es que sólo "hablemos" si nos pagan, como pudo constatar periodistadigital.

Yo ya estoy echando de menos a Paco (el de La Rosa y El Látigo, no el del caballo de bronce).

viernes, marzo 18, 2005

Adiós, César Visionario, adiós (*)

A la grupa de su caballo, el imperioso adalid seguía abriendo estelas en el mar de su progreso, seguido y admirado por sus ancianas huestes de fiel ademán. Su sable propinaba por doquier mandobles de oscura justicia y dudosa esperanza.

40 años de su paz avalaban la solvencia de la espada ensangrentada.

Y una noche emprendió el vuelo. La tierra, de chica que era, le resultaba ya insuficiente, campo estéril donde no derramar ya ni una sola de sus semillas. Ni sus medallas lo retuvieron, ni su gloria lo sostuvo en pie, ni el mundo quiso saber ya nada más de él.

Ve, guerrero incierto, a otros lares donde los de tu especie han de buscar reposo. Parte, con el peso de la Historia maldiciendo tus redaños. Y descansa de una vez, si por ventura tus víctimas pudieran algún día perdonarte.

Con la voz queda de alguno de los tuyos, cubiertos ya de polvo, púdrete, Caudillo, en la sima terrible de la que nunca debiste de salir.

Ad maiorem Dei gloriam.

(*) "César Visionario" fue uno de los apelativos recurrentes que a Francisco Franco le otorgó una rama de la literatura fascista de los años 40 y 50 en España. Además conforma parte del título de una magnífica novela de Francisco Umbral, "La Leyenda del César Visionario", España, Seix-Barral, ISBN: 84-322-3123-1

jueves, marzo 17, 2005

Siguiente paso: Educación proactiva

Escuchaba el otro día, no sé si en la radio o en la televisión, que la educación no ha cambiado, en sus planteamientos básicos, en sus maneras, desde finales del siglo XIX.

Y, cuando menos, esto me dejó algo frío, una especie de desasosiego me invadió y resulta que empecé a entender muchas cosas.

Si, como parece, el mundo ha cambiado algo desde el siglo XIX hasta nuestros días, no se entiende muy bien que el paradigma educativo no lo haya hecho de la misma manera, cuando no anticipadamente como cabría esperar de un educación eficaz que nos preparase a todos para lo que se vislumbra en el futuro, y no sólo para lo que el presente ofrece. Resulta que es todo lo contrario. Nos da conocimientos de la manera en que se formaba hace más de cien años.

Dedicarnos a debatir, como hacen nuestros políticos, sobre la manera de dividir el "tiempo" de la educación (que si X cursos divididos en X años y a su vez en X asignaturas), será esfuerzo baldío desde el momento en que el mundo exige imperiosamente a los responsables educativos otra manera, otro modo de enseñar, de formar.

Cuando el acceso a la cultura, a los recursos histórico-culturales, era discreto, cabía comprender que una persona -el profesor- se dedicase a sintentizar esos conocimientos y los tratase de comunicar a su auditorio, a su aula, a su alumnado. Desde que el acceso a esos mismos recursos se ha democratizado -de alguna manera-, y prácticamente todo el mundo tiene a su disposición ingentes fondos culturales, bibliográficos o no, esto debería haber provocado hace años una revisión del paradigma educativo. Y no lo hizo.

En los días actuales, con la llegada de Internet, esto aún se concibe menos.

¿No deberíamos de formar a nuestros hijos, a las generaciones venideras, no tanto en lo que deben de saber, como en lo que deben de preguntar? Cuando toda la información está disponible simultáneamente, cuando todos los datos que podamos necesitar sobre cualquier tema están a tan sólo un par de clicks de ratón, personalmente me preocupa escoger muy bien lo que voy a buscar, lo que voy a preguntar. El resto está ahi, ya disponible. Tanto mejor formación obtendré y disfrutaré, cuanto mejores y más precisas sean mis preguntas. Por tanto, creo que la educación ya no es la manera de transmitir conocimiento, sino la manera de incentivar la búsqueda del mismo, teniendo los medios que tenemos para lograrlo.

En la medida en que logremos hacer que los que aprenden además comprendan, y se muevan por sus propios intereses, habremos conseguido dos grandes logros que la humanidad moderna necesita como aire fresco: uno es el de hacer de cada individuo un repositorio único de conocimiento, toda vez que habrá aprendido lo que sus capacidades y sus intereses, distintos de los de los demás, le hayan llevado a conocer. Y otro es acelerar, al tiempo que aligerar, el proceso cognitivo de los jóvenes, liberados de disciplinas que rara vez comprenden por el mero hecho de venir impuestas. Dejo aparte, por subjetivo, el placer que la adquisición de conocimientos de este modo procura. Se aprende más rápido (está demostrado), pero sin ninguna sensación de premura.

Dice un proverbio oriental:
Dime cómo se hace algo y lo olvidaré, enséñamelo y lo recordaré, pero déjame hacerlo a mí y lo comprenderé
.

jueves, marzo 10, 2005

Morirse del éxito

El mundo se ha hecho cada vez más apasionante de ser vivido, y es el escenario perfecto para demostrar antiguas tesis para cuya experimentación se hubiera necesitado el planeta todo como mesa de laboratorio.

En nuestra incesante búsqueda de hacer las cosas cada vez más fáciles, a menudo caemos en la tentación de facilitarnos todo aquéllo que no nos hacía ninguna falta. Con medios cada vez más avanzados, ponemos a disposición de las personas nuevos bienes y servicios que, no sólo jamás habían pensado en tener, sino que nunca hubieran necesitado, de no existir la Radio, la Televisión, "la" Internet. Y ahí viene la segunda tesis: crear necesidades que nunca se tuvieron en beneficio de algún mercado.

Encontraremos otros foros y mejores oportunidades para hablar de ello, pero en uno de mis últimos pensamientos se me ha venido a la mente alguno de sus "daños colaterales", bello eufemismo para designar a las víctimas inocentes.

Ya no se necesita prácticamente nada fuera del alcance de los comunes para hacer fotografias indiscriminadamente de todo lo que a nuestro paso se alza, toda vez que ya casi todos los teléfonos móviles cuentan con algun adminículo de captura de imágenes. Igualmente, cualquier adolescente de un país acomodado cuenta en su casa con su web-cam y su conexión a Internet.

Hace ya tiempo Gyslain Raza se hizo famoso con su espada láser, remedando a cualquier caballero jedi que se precie de serlo. Su video dio la vuelta al mundo entero y le causó no pocos problemas psicológicos, depresiones, etc. Hace menos, Gary Brolsma ya ha visto como su puesta en escena de la cancioncilla despreciable de Dragostea ha sido descargada más de 2 millones de veces (y subiendo; yo me la acabo de descargar hace un ratito). El se ha enclaustrado en su casa de Nueva Jersey y no quiere saber nada de los cientos de llamadas de los medios que recibe, ni de los millones de e-mails que recibe.

Esto viene a cuento de que cualquier acto, por inocente que éste sea, es susceptible en estos tiempos de hacernos los más desgraciados parias de la Red, Medios técnicos que no hace mucho estaban al alcance sólo de unos pocos, ahora se ofrecen a un coste ridículo para cualquier habitante del primer mundo y pone a nuestro alcance la distribución de contenidos con un simple click de nuestro ratón. Otra cosa es que eso NOS sirva para algo realmente útil, o hagamos de ello una burda trivialización y alarde técnico.

Incluso este weblog que ahora estás leyendo responde al mismo sentimiento pagado de sí mismo, soberbio a veces, de utilizar determinados medios para intentar decir algo, sin pararnos a pensar si lo que decimos tiene alguna utilidad, si beneficia en algo a alguien.

Vemos la Red inundada de spam, de virus, de hoax, de tantísimas cosas que conforman una mayoria de tráfico basura que es necesario pensar si todo esto no se estará volviendo en nuestra contra. Cuando pienso en la cantidad de tiempo que ahora me paso eliminando correo basura que no he solicitado, o incluso que sí he solicitado pero que ya no me interesa más. Cuando pienso en el tiempo que perdemos en afinar una búsqueda en Internet cuando nos asfixian tantos resultados inútiles, tantos "falsos positivos", siempre termino preguntándome en qué empleaba todo ese tiempo antes de utilizar estos medios. Probablemente a suplir carencias que ahora SI tengo cubiertas con los mismos medios, pero no logro recordarlo.

Voy a ver si lo encuentro en el Google... aunque maldita la falta que me hace saberlo.

lunes, marzo 07, 2005

Música perfecta

La revolución de la industria discográfica ha llegado. Se llama HSS (Hit Song Science) y permite conocer de antemano si una partitura se peleará por los primeros puestos de las listas o no. Basado en una monumental base de datos de grandes éxitos y en un razonamiento matemático que le permite escudriñar las cadencias, los ritmos y las tonalidades, y cómo éstas se adecúan a determinados patrones mentales, el proceso algorítmico parece que ha demostrado en algunos países (entre ellos el adalid de la modernidad musical que es USA) su eficacia.

Imaginémonos ahora el panorama. Si la tecnología se impone en aras de una mayor rentabilidad industrial, como en toda sociedad avanzada debería de ocurrir, ya no tendríamos que preocuparnos por adquirir cuantos CD's quisiéramos, dado que tenemos asegurado que todo lo que se grabe habrá de ser de nuestro gusto. Necesariamente. No puede ser de otro modo. Desparecerá esa sensación incómoda de adquirir uno de los siempre económicos CD's debido a que una canción contenida en él nos gusta, y aun a sabiendas que los otros 9 cortes poseen una calidad musical comparable a la del surtidor de gasolina más próximo. Ahora podremos estar seguros de que las discográficas solamente editarán los Cd's con los 10 cortes perfectos, agradables a todo oido humano y gusto musical sin excepción. En su sempiterna búsqueda del mejoramiento humano, la industria de la música podrá seleccionar con una eficacia desconocida hasta el momento únicamente aquello que haga del mundo algo más bello.

Cuántas horas nos habríamos ahorrado escuchando música transgesora, de esa que siempre ha roto patrones perfectamente establecidos, si esta tecnología hubiera estado disponible hace tiempo. Hubiéramos pasado por alto innovaciones tan gratuitas como el Rythm & Blues, que tanto daño le hizo al Jazz, o incluso más, podriamos haber obviado la dodecafónica, tan transgesora, e incluso, me atrevo a más, si Cabezón hubiera dispuesto de una herramienta asií y poder en su época, jamás habría dejado que esos barrocos melenudos hubieran podido publicar ni una sola nota.

Asi que ya podemos estar tranquilos. A partir de ahora las discográficas, en su constante vigilia por el gusto musical moderno, acariciarán nuestros oídos sólo con piezas que ellos consideren adecuadas y, secundariamente, rentables. El lema es: "Adiós Medesky, bienvenida Chenoa".

No os preguntéis nada más, ni qué tendencias surgen, ni qué nuevas lecturas se hacen de los clásicos. Solo preguntaros, "...tú de qué vas, mirandome atrás?"

viernes, marzo 04, 2005

Los PC's del vicio

Ahora algunos países civilizados de amplia tradición en lo que al respeto de todo tipo de derechos se refiere (China, Arabia Saudí, Bahrein), y algunos otros territorios (Castilla y León) se han inventado una nueva manera de perder el tiempo y causar problemas. (http://www.baquia.com/noticias.php?id=9374)

Resulta que ahora los cibercafés y demás locales de acceso a Internet no podrán permitir que sus usuarios jueguen a nada y regulan su funcionamiento como las "máquinas de tipo A", es decir, las tragaperras de toda la vida. (http://www.dominiuris.es/pdf/decreto12-05.pdf)

Nuevamente, como "se puede" jugar en un PC (al Call of Duty o a la ruleta, da igual), ya se les trata como máquinas tragaperras, de igual manera que como en un CD virgen se pueden copiar materiales protegidos por copyright, a los usuarios se nos cobra un canon por los delitos que vamos (indefectiblemente) a cometer.

Visto el animo del legislador chino, saudí o vallisoletano, asaz progresista siempre él, cabe ahora preguntarse si no empezarán a tratar a los hoteles como locales de alterne (podemos llevar mujerzuelas), a los autobuses como bibliotecas (anda, que no lee gente camino del trabajo!) y a los hospitales como mazmorras sado con las dominatrix vestidas de blanco.

Si los políticos y legisladores se dedicasen a legislar y no a hacer cábalas absurdas...

A vueltas con los homenajes

En el día de hoy, he vuelto a escuchar otra de las cosas que estremece el buen sentido y casi diría que el buen gusto. Ante la propuesta de la Iglesia Católica de que el próximo viernes 11 de Marzo (día de luto en Madrid), suenen las campanas de todas las iglesias de la comunidad (seiscientas y pico iglesias, nada menos) a la hora funesta en que ocurrieron los atentados del 2004, nos sale la Asociación de Víctimas del 11-M con que no lo consideran apropiado porque les recordará el trágico suceso, (esto lo puedo entender), y porque en los trenes cayeron víctimas inocentes de otras confesiones religiosas. Y este último argumento me parece pacato, mojigato, absurdo y ridículo.

Sin ser creyente en absoluto, entiendo la propuesta de la Iglesia como un homenaje sentido a una serie de víctimas, fueran de la confesión que fueran. Me parece de muy mal gusto criticar y declinar una oferta amable de solidaridad y de homenaje a los caidos. Aunque esto recuerde aquel dia tan negro (alguien va dejar de acordarse porque no suenen las campanas? Se hará más dulce la memoria si callan los almínares?), creo que para una vez que la Iglesia, auqnue solo sea testimonialmente, quiere contribuir al acontecer diario, se le cercene esa intención (buena por donde se mire), y sobre todo se haga desde postulados tan peregrinos.

Y es que a uno se le revuelve algo por dentro cuando se busca la notoriedad por caminos tan aviesos.